
Óliver acaba de descubrir que los brazos forman parte de su cuerpo, los mira detenidamente un rato e intenta llevarse la mano a la boca. Hasta ahora los movía involuntariamente e incluso le asustaban. Quizás pronto aprenderá a chuparse el dedo.
Nunca es demasiado pronto para familiarizarse con la música, en realidad, ya empezó mucho antes cuando estaba en mi tripa. Además parece que le tranquiliza (por lo menos en esta ocasión).
"Me gusta cuando callas porque estás como ausente. Eso decía Pablo Neruda de una de sus enamoradas. A mí se me ocurre decirle al pequeño Óliver que me gusta cuando sonríe porque nos hace feliz a todos. A muchas más personas de las que imagina... Una simple sonrisa, un leve gesto, una mueca sencilla que arrastra sus comisuras hacia los mofletes y alegra su cara, hace que todo aquel que se topa con una, se sorprenda al verse acariciado por un rayo solar, el más cálido, el menos peligroso. Es una concesión, una complicidad que traba con algunos, en el momento más inesperado, en el más bello... Su cara de preocupación, sus cejitas curvadas, su forma de fruncir el ceño cuando algo extraño o desconocido le inquieta, se relaja de pronto para destilar sonrisas fugaces, como estrellas, como caricias, como susurros".
/Por María (la tata)
